Un amigarche, un seminarista y yo

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Un amigo con derechos, un seminarista y yoEvoco un amigo muy cercano. Nuestros caminos por la vida tuvieron un cruce fortuito unos años atrás, cuando me dirigía al tramo final de mis cuarenta mientras él promediaba los cincuenta, dando inicio a una inesperada y buena amistad. Él, casado, sin hijos. La vez que nos conocimos, en ningún momento se me cruzó la idea de una posible bisexualidad de su parte, y en mi caso, aunque no lo oculto, no hago de mi condición de gay una ostentación a gritar a los cuatro vientos. Por eso, la primera ocasión en la que terminamos en su cama, casi no lo creí. Y digo primera vez, porque siguieron otras.

Al final de ese primer encuentro tan peculiar, no intercambiamos palabra alguna respecto de lo sucedido. Se sobreentendió entre ambos un acuerdo silencioso pero claro: seríamos amigos muy íntimos, amigos “con derecho” y sin planteos. Tampoco lo convinimos explícitamente, pero fuimos conscientes de un código que se estableció de modo natural. No nos veíamos muy seguido pero cuando uno hacía un llamado del tipo “Hola, hace tiempo que no sé de vos, ¿cómo estás?”, el otro sabía que en realidad estaba diciendo “Tengo ganas”. Y si el que tomaba la iniciativa en llamar era él, la interpretación incluía “…y estoy liberado por un rato”. Entonces acordábamos lo que en nuestra clave era tomar un café. Casi siempre, en su departamento; obviamente, cuando estaba solo.

Un amigo con derechos, un seminarista y yoDe buen físico, siempre cuidándose, muy agradable y cariñoso, el único detalle que yo le modificaría a mi gusto, si pudiera, sería agregarle pelos a su cuerpo lampiño, ya que tenía apenas un poco de vello en el pubis y las axilas. Pero en su caso, esa falta se volvía insignificante. En nuestra intimidad era todo placer. Rara vez me había permitido penetrarlo. Creo que una sola, a lo sumo dos, durante nuestro vínculo;  seguramente para darme el gusto y con la condición de que usara forro. Él prefería asumir el rol activo, cuya maestría en el desempeño delataba conocimiento y experiencia. Lo que porta en la entrepierna no era descomunal, pero sabía cómo emplearlo. Sobre todo, era un gran besador. Buena parte del tiempo de nuestros intercambios los dedicábamos a besarnos y recorrer nuestros cuerpos con la lengua, junto con caricias y pellizcos. A propósito, se enloquecía cuando pellizcaba y mordía sus tetillas. Lo que sí me dejaba era eyacular en su boca, aunque nunca tragaba. Entonces yo aprovechaba para beber de sus labios mi propio néctar, cosa que me producía siempre un deleite extremo, al trenzar mi lengua con la suya empapadas en saliva y semen. En cambio, cuando él acaba en la mía, por alguna razón rehusaba volver a besarme hasta que me hubiera limpiado. Nunca le pregunté por qué. Nuestros encuentros se daban cada tanto, sin apuro, disfrutando cada toque, cada sensación, comunicando con gestos silenciosos nuestras fantasías, ganas y calenturas, sin ningún tipo de historias ni histerias. Cada vez que iba a verlo, ya tenía todo preparado para hacer de ese rato un momento inolvidable.

Hace algún tiempo, recibí un mensaje suyo con otra invitación en un texto simulado. Habían pasado varios meses de nuestro contacto anterior. Acepté gustoso; iría al salir del trabajo. Ansié que las horas pasaran rápidamente. Mientras tanto, con disimulo miraba un par de fotos suyas que tenía cargadas en el celular como estímulo al deseo. Por fin, llegó la hora de salir. Caminé con apuro, y hasta tuve que correr para tomar el colectivo que ya estaba en la parada próximo a reanudar su marcha. Estaba ansioso. Luego de marcar el boleto, me abrí paso entre los pasajeros para ubicarme en el fondo, al lado de alguien de quien al principio no noté otra  cosa salvo que estaba íntegramente vestido de negro. Mis pensamientos estaban concentrados en lo que consumaría en breve.

Un amigo con derechos, un seminarista y yoLa persona que estaba sentada junto a pasajero de negro se levantó y el extraño me hizo seña de que me cedía el lugar. Acepté y, al mirarlo para agradecerle me di cuenta de que se trataba de un religioso. No repararé mucho en él hasta que, a medida que el colectivo se fue vaciando y quedó libre otro asiento más adelante, el religioso se sentó en diagonal a mí. Lo miré con curiosidad y atención. Aunque la ropa evidenciaba ser un atuendo de sacerdote, no portaba el típico cuello clerical, por lo que supuse que se trataría de un seminarista. Era joven y bello. No pude evitar detenerme en contemplarlo, no tanto por deseo sino por admiración, ya que era realmente muy bello. Su imagen empezó a evocarme recuerdos y pensamientos: el padre Ricardo, de la parroquia barrial a la que me llevaban en mi infancia, las clases de catequesis… El paraíso nunca me había llamado tanto la atención; sin embargo, en aquellos años el énfasis en el pecado, el juicio y el infierno me había provocado cierta impresión y, de algún modo, complicaron la propia aceptación de mi identidad durante la adolescencia. El seminarista se había concentrado en la lectura de un libro que extrajo de su bolso, por lo que podía observarlo sin mucho peligro de ser descubierto. Aunque físicamente no nos parecíamos en nada, me puse a pensar en mí a la edad que él debería tener. Comparé nuestras soledades, nuestros vacíos; porque lo imaginé solitario. Me pregunté cómo manejaría la imposición de castidad, cómo canalizaría sus deseos. Pensé en su convivencia con otros compañeros de su edad, en un recinto de varones repletos de libido contenida, en las oportunidades tan a su alcance a la vez que tan prohibidas. Pensé en su vida de devoción sin sexo y, a la vez, en mi vida de sexo sin amor. Lo imaginé virgen. ¿Se nota cuando alguien no tiene actividad sexual? Algunos dicen que sí. ¿Se hace visible cuando alguien tiene mucho sexo pero sin sentido ni propósito? Supongo que sí, también. Al menos, temo que esa evidencia en mí sea, tal vez en parte, responsable de tanto tiempo que llevo sin un vínculo afectivo real y profundo con alguien; apenas contactos fugaces entre cuerpos esquivos. Mareado en esas cuestiones, me di cuenta de que ya debía bajar del colectivo.

 

Caminé las tres cuadras que me separaban de mi destino pensando, no ya en el presunto seminarista, sino en mi amigo… y en mí. Repasé nuestros encuentros intensos y furtivos, apasionados y discretos, maravillosos y ocultos. Llegué al edificio donde vivía, llamé por el portero eléctrico y su voz tan familiar me indicó que ya bajaba. Segundos después, vino a recibirme y hacerme ingresar. Me saludó cordial y afectuoso como siempre, mostrando alegría por verme. Como siempre, cuando se da que estemos solos en el ascensor, allí comenzamos a besarnos. Como siempre, me hizo pasar al living y me ofreció algo para tomar. Como siempre, iniciamos una charla superficial sobre la vida, el tiempo transcurrido, las noticias del día. En un momento me di cuenta de que quería concluir el diálogo irrelevante que yo intentaba prolongar, para pasar de lleno al rito que nos convocaba. Estaba a punto de levantarse cuando me incliné hacia él, le agarré una mano entre las mías, lo miré a los ojos. No me pude contener:

 

– ¿Qué significo yo para vos?

 

Mi pregunta lo tomó desprevenido. Cuando pudo sobreponerse de la sorpresa, liberó su mano de entre las mías, hizo una mueca de sonrisa, me dio un golpecito suave en la mejilla, tal vez por ternura, tal vez por fastidio, y, casi tartamudeando, balbuceó:

 

– Vos… vos sos un dulce… Dale, vamos…

 

Y enfiló para el dormitorio mientras empezaba a desabrocharse la camisa. Terminé mi trago y lo seguí.

 

Allí ya todo estaba listo: luces tenues para una ambientación sugerente, música suave y adecuada, otros elementos… Cuando terminé de quitarme la ropa, él ya estaba esperándome desnudo sobre la cama, observándome con deseo, estimulando su verga. Lo miré un instante, sonreí y me lancé sobre él. Cogimos mejor que nunca. Sin apuros, saboreándonos, intensificando cada sensación. Como siempre, con todas las ganas; como siempre, en un silencio apenas interrumpido por nuestra respiración agitada y algunos gemidos. Pero esta vez mantuve los ojos abiertos más que lo habitual. Quería ver si sus muecas de algún modo daban respuesta a la pregunta que había evadido.

Esa tarde se notaba más excitado que de costumbre, aumentando a su vez mi excitación, cosa que mi cuerpo disfrutaba como nunca. En un momento, luego de haberme acariciado las nalgas por un rato, con sus dedos ensalivados se puso a jugar con mi ano, haciéndome estremecer a medida que me dilataba. Mientras tanto, yo jugaba con sus huevos y hacía crecer la erección de su verga con mi lengua. Estuve a punto de decirle “Sí, mi am…”, pero me contuve a tiempo, acallando con un suspiro mi sentimiento. Me puso boca abajo, empezó a penetrarme con todas las ganas pero sin perder el dominio de la acción, dosificando la intensidad y el ritmo. Cambiábamos posiciones, estrategias, regalándonos puro placer durante un buen rato. En nuestro lenguaje corporal sin palabras, percibí que no tardaría mucho en acabar y, con gestos, me propuso algo que, vaya uno a saber por qué, nunca antes habíamos realizado. Me ubicó debajo de él frente a frente, en posición de misionero. Agregó más lubricante a su punta de lanza y a mi orificio. Nos ubicamos para el acople. Mis piernas rodearon su cintura a la vez que abracé su cuello. Sabía que sería inolvidable. Me penetró profundo y con una cadencia que fue haciéndose cada vez más acelerada mientras nos besábamos y dábamos mordiscos. Era la primera vez llegábamos a una conexión tan intensa de cuerpos y almas. Los labios de uno adosados a los del otro ahogaban nuestros gemidos. El goce irradiaba desde ese centro de ensamble hacia cada uno de nuestros extremos; ambos podíamos percibirlo. Mi amigo estaba por acabar. Lo rodeé y abracé con todas las fuerzas de mis piernas y brazos, aprovechando para facilitarle mi mayor apertura anal. Ya se venía. La fugacidad de ese instante se volvería eterna. Finalmente, sentí el engrosamiento de su verga dentro de mí descargando todo lo que tenía para darme, a la vez que nuestras bocas se sellaron en el más sublime de nuestros besos. Nos quedamos así, inmóviles y unidos, por un instante que no sé cuánto duró, hasta que una contracción involuntaria de mi ano expulsó su miembro que empezaba a recuperar la flacidez. Quedamos tendidos uno junto al otro. Acaricié su cuerpo sudoroso, mientras con un dedo él jugaba con la leche que escurría de mi ano, regalándome ecos del placer recibido poco antes. Es que con él me dejo penetrar a pelo. Tal vez sea una irresponsabilidad de mi parte, pero lo tomo como una resolución de mi confianza y una muestra de mi… aprecio.

 

Al cabo de un tiempo de silenciosa y tierna relajación, llegó la hora de salir. Nos dimos una ducha rápida y nos vestimos. Lo ayudé a dejar el dormitorio y el baño en condiciones. Juntamos las sábanas y toallas que al día siguiente irían al lavadero. Sábanas y toallas que, imagino su pareja sabe, están reservadas para mis visitas. Quizá, para las de alguien más; eso yo no lo sé. Me acompañó a bajar. Había alguien en el ascensor, así que no pudimos volver a juntar nuestros labios. Apenas pudimos darnos un beso amistoso al franquear la puerta de salida, con un mutuo: “Cuidate, que andes bien”.

Pero esa noche no dijimos: “Hasta pronto”. Sabíamos que sería la última vez, que no habría más llamadas ni visitas. Habíamos roto el voto tácito de mantenernos como amigos con derechos, sin preguntas ni… enamoramiento.

 

Maxi

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