Rosario, la homosexualidad y la historia.

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Por Guillermo Lovagnini | La historia gay/lésbica en Rosario y la subcultura que se genera no difiere demasiado de otras ciudades de Argentina, hasta ahora nadie ha encarado una investigación histórica en serio al res­pecto, lo que sigue no pretende serlo pero es un intento y/o quizá un comienzo. Además es el fru­to de los pocos, para no decir escasísimos documentos existentes, algunas grabaciones magneto­fónicas, testimonios orales de personas mayores de orientación sexual diferente, algunas de las cuales ya no están más con nosotros y vivencias personales del que suscribe.

Rosario como núcleo poblacional que se conforma  en el Siglo XVIII, alrededor del comercio de Santiago Montenegro, tuvo una fisonomía edilicia de casas de adobe y techos de paja, con el único edificio que se distinguía de los demás, que era la iglesia parroquial.

Vivió y protagonizó la separación del reino de España, fue paso de los ejércitos porteños que en su tránsito la quemaron varias veces, pieza importante de la Confederación Argentina, con Urquiza se hace ciudad y comienza su transformación, paso a paso, con eje en el puerto exportador. De todo ese período, prácticamente no existen documentos que mencionen algo sobre la homosexualidad. De que no haya registro no significa que no haya existido.

Entrado el Siglo XX, Rosario se va a convertir en una ciudad  con un puerto y comercio florecientes y activos, a ella van a llegar masas de inmigrantes, tanto externos como internos.

A partir de 1930, se produce un quiebre bastante importante en la actividad económica, que es la creciente industrialización, que cambiará toda y completamente la vida de la ciudad, esto generará un incremento en las oleadas de personas que engrosarían las filas de los trabajadores/as prove­nientes de otras provincias y aún de la misma Provincia de Santa Fe, que se afincarán en Rosario, agolpándose en las «casas de inquilinato» o sea los famosos conventillos.

Por cierto que también van a florecer los locales de esparcimiento aumentando el número de los que ya estaban, algunos eran relativamente nuevos, como el cine que comenzó a extenderse por los barrios, pero entre estos habría uno de ellos que se destacaría sobre los demás y es Pichincha, donde registramos la presencia homosexual más visible, que son aquellos hombres que van a tra­bajar en las distintas casas del barrio done ejercían su actividad las trabajadoras del sexo comer­cial, o circulaban en los bares o los locales de diversión que pululaban por ese entonces en Pichin­cha, que como se sabe fue muy concurrido por hombres no solo de la ciudad, si no de cercanías, esto fue hasta su decadencia, fruto de la represión que se ejerció sobre él.

La vida de los homosexuales rosarinos transcurría de esa forma, silenciada, oculta, más aún era de las lesbianas, cuya presencia se hará sentir muchas décadas después. , a resguardo del oprobio social o directamente de la violencia física.

Las personas se reunían en domicilios particulares o deambulaban por los baños públicos de las estaciones y en algunos bares que no eran específicamente gays, como el que existía a fines de los años cuarenta/cincuenta, ubicado en la esquina de San Martín y Rioja «La Cosechera», donde existía una mesa o grupos de mesas separadas ocupadas por gente gay, o en cines específicamen­te en aquellos en que la función era continuada.

Había una vez al año donde la homosexualidad rosarina de alguna manera se hacía visible y eso era en los famosos Corsos para el Carnaval, que se hacían en el Parque de la Independencia o avenida C. Pellegrini, mediante comparsas donde muchos se travestían  o instalando quioscos donde se servían bebidas.

En los años setenta, los sitios obligados a concurrir eran El Cairo y El Savoy y Pico Fino que seguí­an manteniendo la tradición de territorio creado por los mismos gays de mesas determinadas algo así como «Microguetos», el «Sorocabana» (peatonal Córdoba entre Sarmiento  San Martín, junto al Banco Nación) un local donde  aunque había algunas mesas , se bebía el café de parado apoya­do en un mostrador circular ubicado en el centro del local, en el interior de dicho círculo estaban las máquinas y los empleados que servían, más allá y a un costado, estaba el reducido baño en donde se hacían las «teteras».

El levante a pie se hacía por la calle San Martín cuando aún no era peatonal, donde circulaban los autos y se producía el contacto entre peatón y automovilista, si no era por allí, se hacía en las es­quinas de la manzana de Maipú, San Luis, Laprida, San Juan, cada esquina era un apostadera gay.

Entre los sitios públicos de asidua concurrencia estaba/está la tradicional Estación de Ómnibus y sus baños y calles adyacentes, «La Pajarera» o sea las adyacencias de la jaula de pájaros del Par­que de la Independencia (Pellegrini y Oroño­ frente al estanque) que hoy está ocupado por un edificio que alberga la Administración del Parque.

«La Pajarera» estaba rodeada de bancos donde la gente esperaba expectante, porque el motivo de la atracción era el baño público semisubterráneo, que hace pocos años fue reabierto remodela­do ya que estuvo cerrado muchos años, es de destacar que en aquella época no había nadie que los vigilara y/o atendiera.

Los vestuarios del antiguo edificio del balneario La Florida, en sus duchas, en sus microvestuarios individuales, oculto su interior a la vista de quien pasara por el pasillo principal.

Excepto alguno que otro escándalo público publicado en letras tipo catástrofe en las páginas poli­ciales de «La Capital», como fue el del barco «Ciudad de Rosario», la vida para la minoría sexual transcurría sin grandes cambios ni sobresaltos.

Durante el gobierno militar, cabe aquí aclarar que la represión en Rosario, sobre los gays, no al­canzó para nada los ribetes dantescos (excepto el asesinato de una persona que tuvo trascenden­cia periodística «La Tota Gauna») que tuvo en Buenos Aires, sí hubo razzias en El Cairo y El Savoy, pero hecho curioso es  que en 1977 (aproximadamente) se inaugura el primer bar exclusivamente gay que fue «Marnet», el cual marcó un inicio. El mismo estaba ubicado en la Bajada Sargento Cbral, como muchos que le siguieron después tuvo una vida breve, no cerrado por la policía si no por causas internas, a él le siguieron (sin orden cronológico) «Emanuel» (Corrientes esquina Ca­tamarca) «Five O´Clock», «El boliche de la bruja Vilches» (La Paz y Entre Ríos)  «María­María» (en calle Rioja casi esquina Maipú, «Viva María» (Rioja entre Corrientes y Entre Ríos) «Monroe» (en Maipú casi esquina San Juan), «El Viejo Almacén» (Necochea y Zevallos) «Bogart» (Mendoza casi esquina San Martín) «Tango» (en plena Peatonal Córdoba entre Laprida y Maipú), otro que funcio­nó en el Pasaje Alfonsina Storni detrás de la Plaza López, «Le Barroque» (Av. Corrientes entre San Juan y San Luis) «Payé» (Sarmiento entre Mendoza y 3 de Febrero) y la primera disco que se lla­mó «Farfalla» cuya duración fue más que efímera, estaba aproximadamente ubicada en calle San Luis y Rodríguez, «Aldea» en calle 3 de Febrero entre Corrientes y Entre Ríos, «Inizio» (calle Sar­miento y Pasco – abrió sus puertas en 1987) el cual es el decano y funciona actualmente pero en calle Mitre 1888. A pesar de la represión se hacían espectáculos con transformistas y artísticas gays como fueron los famosos «Cholas», los cuales se hicieron varios en lugares espaciosos con escenario, pero a la vez clandestinos, para escapar a las huestes de la División Moralidad  al mando del Comisario Stanger.

Esta época de la subcultura de la minoría sexual, caracterizada por lazos más o menos solidarios, ante la adversidad que se vivía con la realidad del país, con un sentido de pertenencia, donde exis­tían canales de comunicación entre las personas, con un lenguaje propio de las minorías margina­das, por ejemplo la palabra para identificarnos era «entendido», pertenecer a la minoría sexual era «ser de ambiente», a la pareja se le llamaba «affaire» (afer).

Pero esta subcultura sufriría un sacudón a mediados de los ochenta, cuando irrumpen violenta­mente dos acontecimientos claves que la cambiarán radicalmente, uno es la irrupción del sida y otra es la aparición del boliche bailable (los primeros: «Staff» y «Alto Nivel», a ellos le siguieron «Sánchez de Thompson», «Subway», «Shelter», «Station», «Plasa» acompañado de la mano de la  subcultura gay norteamericana.

Los dos provocarán profundas transformaciones en el comportamiento de las personas, cambiando todos los aspectos de la subcultura, generando un exacerbado individualismo, el culto a lo joven y al cuerpo, la histeria, la superficialidad y fugacidad en las relaciones, también hay cambios en el lenguaje «el entendido» o «la torta», pasarán a llamarse «gay» y «lesbiana», la irrupción, haciendo notar su presencia de travestis y lesbianas ausentes en décadas pasadas. Paralelamente la minoría sexual se va organizando políticamente (Movimiento de Liberación Homosexual – Colectivo Arco Iris)  y conquistando un espacio en la sociedad rosarina (ordenanza municipal contra la dis­criminación por orientación sexual, ordenanza permitiendo la entrada en los moteles de las pare­jas del mismo sexo, otorgamiento de la personería jurídica como organización gay/lésbica de Vox Asociación Civil).

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One Reply to “Rosario, la homosexualidad y la historia.”

  1. Excelente nota! Los que pasamos los 50 sabemos de que habla el autor. Perfecta edición sin distracciones. La única manera de comprender la realidad que nos atraviesa es conociendo nuestra historia. Felicitaciones.

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