Remember my name: Pumper Nic

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Mi primera tetera

La primera vez que entre en una tetera fue en la de un Pumper Nic ubicado sobre la Avenida Santa Fe. Era apenas un niño, muy caliente pero un niño al fin, no llegaba a la mayoría de edad , cuando un hombre de unos cuarenta años, me mostró su colosal chota.  Al principio me asuste, pero a los pocos días y luego de un corto debate  interno en el que mi subconsciente sentenciara “sos un puto calentón, ve y haz lo tuyo” volví a buscarlo al hombre en cuestión, pero sin suerte alguna. Esa fue la primera vez que tome conciencia que los baños de hombres servían para algo mas que para evacuar las necesidades fisiológicas.

He pasado por muchos momentos de mi vida teteril, en los principios me dedicaba solo a pajear o que me pejeen, tarde en hacerme chupar y mas aun en comerme alguna pija. Con la llegada de la tranquilidad de centros privado de placer, ejemplo cines porno, Toms o Zoom , mis precauciones y prejuicios se diluyeron y me dedique a hacer de todo.
Desde mis comienzos hasta la actualidad he recorrido mil teteras. algunas siguen vigentes, otras públicamente sabidas y otras mas escondidas en el tumulto de la ciudad. Pero de todas ellas quiero en esta breve nota rendir homenaje a la tetera de la pizzería Santa María ubicada en la intersección de la calle Corrientes y Avenida Scalabrini Ortiz.

Actualmente convertida en un pomposo restaurant pizzeria imposible de cualquier tetera por la actual disposición de sus baños.
Si el concepto “tetera full time” existiese, no caben dudas que la actividad allí se cena a sus canones. El ingreso era ideal, se entraba por un costado hacia una escalera al primer piso, siempre vacío, los mingitorios estaban separado de los lavabos y la chillona puerta advertía la entrada de algun nuevo y posible candidato.
En ocasiones las largas filas en los mingitorios hacían que se tenga que esperar un lugar vacío para comenzar la actividad.

He observado como se garchaban gente a las ocho de la mañana y observado casi orgías en el horario de las diez de la noche. Hombres que tímidamente asomaban sus culos para ser tocados los reencontraba meses mas tardes que salían de los cuartitos privados donde se encuentran los inodoros totalmente desnudos.
Si me preguntan cual fue la mejor experiencia  de ese lugar, contestaría como Silvina Bullrich cuando le preguntaron cual fue el mejor libro que leyó y ella respondió “cuando se han leído millones de libros es imposible hablar del mejor”, en mi caso he pasado tanto tiempo y tantas pijas, pajas, chupadas y demás que seria imposible recordar alguna en particular.

Sin embargo en este humilde homenaje a esa tetera y debido a que ayer por la noche mire la nueva y patética versión de la película Fama  una experiencia vivida allí vino a mi cabeza.

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Teteras de ayer, de hoy y de siempre

Eran las diez de la noche y yo volvía de correr por Parque Centenario, nada me hacia pensar que la tetera del primer piso de la pizzería estaría en funcionamiento, sin embargo  y como de lo único que uno puede arrepentirse es de no probar suerte me lance al lugar.
Al entrar un colectivero morochazo se mantenía en su puesto en el mingitorio, en otro cercano se encontraba un hombre con algo de panza pero con un atractivo particular.
Luego de cinco minutos de estar allí parados  la cosa era clara , nadie mea durante mas de un minuto, por lo cual empecé a relojear la pijas de mis compañeros de acción.
El primero en mostrar el elemento fue el colectivero, un morochazo infernal con un fierro erecto y duro, el otro rápidamente se desabrocho el pantalón y mostró su miembro, que si bien no tenia las dimensiones del morocho, era de una proporción interesante.
En aquellos años mi terror del sida solo permitía que pajee a mis ocasionales compañeros de teteras, o a lo sumo que me chupen la pija, pero esa noche estaba alli, con dos activos y el tiempo parecía haberse detenido.
Comencé a pajear al colectivero que sostenía su portafolio bajo el brazo y le hice señas al otro para que se acerque, con lo cual la fantasía de una pija en cada mano estaba cumplida.
Sin embargo y no satisfecho empecé a desabotonar la camisa celeste del morochazo, comencé a acariciarle le pecho, los huevos, la pija.
El otro tenia los pantalones por las rodillas, mis manos no daban  basto.
Nos corrimos hasta el fondo y mi preferido se metió en los cubículos, dejo el portafofolio sobre la paresita que divide los inodoros y se desabrocho toda la camisa y se bajo el pantalón hasta los tobillos. Luego de admirarlo, tocarlo y pajearlo me dije: “Es ahora o nunca”, me arrodille y metí su gloriosa poronga en mi boca, una succión, y otra y otra.
Nuestro compañero de juego acerco la suya y ahí recordé la frase de mi amigo Javier: “un pete no se le niega a nadie” y me metí el choto del otro en mis fauces. A los pocos segundos me encontraba en una rítmica y sincronizada danza de chupar dos pijas a la vez.
Temiendo el acceso de un extraño y  viendo que la cosa llegaba a su punto más culmine, pajee con ganas al panzón y un chorro espeso de semen se estrecho contra la pared.
Oímos la puerta chillona, un viejo entro unos segundos, orino y se retiró.
El panzón amablemente se ofreció de campana, salí del mingitorio y me volví hacia el colectivero que continuaba con la pija al palo. Lo seguí chupando y en un acto heroico mientras me pajeaba yo a mi  mismo, me saque la remera, el morocho entendió y me saco la pija de la boca justo a tiempo para bañar mi pecho lampiño de su leche caliente.

Desconociendo mi accionar, me pase su poronga por mi pecho esparciendo su leche tibia y espesa. Me acerque a su  cuello y le susurre ” la próxima vez me gustaría que me cojas y me dejes tu leche adentro “, cosa que sabía no sucedería jamás, el morocho sonrío.

Me limpie y me puse la remera. Salí del lugar automáticamente. Cruce a la disquería de enfrente y me puse a mirar unos cd, sin ver ninguno en particular, tratando de reponerme de la experiencia.
De fondo sonaba la música de la película Fama, lo que me sorprendió porque ya para ese entonces era una canción antigua. Irene Kara gritaba en el estribillo “Remember my name”, voltee la mirada hacia la puerta de la pizzería Santa María y el chongazo que me había deleitado minutos atrás se retiraba con su pequeño portafolio bajo la axila y se subía a un 141.
Irene continuaba gritando y en ese preciso instante me di cuenta que recordaría a ese macho por mucho tiempo, pero que jamás recordaría su nombre, el que jamás le pregunte.

The Swan

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