Marcelo: mi pasado me espera.

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Una vuelta por el pasado:

Hacía mucho que no pasaba por la puerta de la inmobiliaria. El laburo del tacho es así, de pronto yrás y yirás por un barrio durante semanas y de repente te das cuenta que hace meses que no vas. Es misterioso, pero es así.

Marcelo

 

Mario Madrigal

El barrio de mi infancia y de mi juventud es de esos lugares a los que difícilmente me lleve un pasajero, y la esquina de la inmobiliaria por alguna causa la tengo muy poco frecuentada.

Las otras noches el destino, o vaya a saber qué, me llevó a pasar por esa esquina que me trae tantos recuerdos.

En el año 1978 yo era un chico tímido, gordito y poco desarrollado al que la madre obligaba a ir al club del barrio para hacer deporte contra su voluntad y que lo único que pretendía era que lo dejaran mirar tele tranquilo y, después del almuerzo, ir a la casa de Daniel a quien le había empezado a chupar la pija ese año.

Todos los años, apenas terminado el colegio, mi vieja me entregaba el bolsito con ropa de gimnasia, malla, toalla; me levantaba a las 9 de la mañana y me mandaba al club con la amenaza de que si volvía antes de las seis de la tarde me iba a enterar de lo que era bueno.

Así que ahí iba yo, un pobre pibe avergonzado, a pasarla mal durante ocho horas.

Y el peor momento era, sin dudas, el del vestuario.

El vestuario de un club lleno de adolescentes es una especie de campo de batalla donde se establecen relaciones de dominio, paridad, rivalidad. etc. y donde la tensión sexual y las hormonas llenan el aire.

Para un pibe como yo era un poco como el último círculo del infierno del Dante mezclado con el mismísimo paraíso. Un paraíso plagado de pijas permanentemente erectas y en exhibición, pero lejanas e intocables.

Así que para evitarme el mal momento encontré un refugio alejado de todos en un sector del vestuario que usaban los mayores pero que a la hora que íbamos los chicos estaba desierto.
Era un pasillo al fondo al que se accedía por el costado de las duchas con una fila de armarios y un banco largo de madera de punta a punta totalmente oculto de la vista del resto del vestuario.

Ahí estaba yo esperando que el malón de pendejos saliera de las duchas para poder usarlas sin ser visto por nadie  cuando de repente se aparece en el pasillo Marcelo, el hijo del dueño de la inmobiliaria.
Marcelo era el líder indiscutido del todo el grupo de pibes deportistas, jugaba al fútbol, al básquet, al tenis; era simpático, atrevido, rápido con las chicas y maltratador como pocos.

La actividad principal de Marcelo, o Chelo como lo llamaban, era humillar a los más chicos, a los menos favorecidos, a los tímidos, gordos, petisos o a cualquiera que no encajara en sus estándares.

Claro, Marcelo era una especie de Adonis de cuerpo marcado, morocho y, a pesar de tener la misma edad que yo, completamente desarrollado.
Pero lo que más destacaba de Marcelo era el tamaño de su miembro que era definitivamente extraordinario. Y él lo sabía.

El pibe de la inmobiliaria se paseaba por todo el vestuario con la pija siempre semierecta y moviendo las caderas de forma que se sacudiera de un lado al otro molestando y humillando a todos a su paso. Menos a su numerosa corte de acólitos.

Yo me consideraba demasiado insignificante, incluso para ser humillado por el líder de la manada, por el Macho Alfa indiscutido; y durante mucho tiempo logré pasar inadvertido.

Pero eso iba a cambiar.

Ahí estaba él, parado en la entrada del pasillo con la toalla colgando del hombro cortándome toda vía de escape.

“Así que te escondés, gordo” me dijo.

Aún recuerdo el escalofrío que sentí recorrerme el cuerpo desde la cabeza a los pies por toda la espalda, un miedo que me dejó paralizado por un segundo hasta que fijé mi vista en la magnífica poronga que colgaba entre las piernas de Marcelo y ya no hubo nada más en el mundo para mi.
Todavía hoy la recuerdo y si cierro los ojos puedo recorrer con la memoria sus venas marcadas, su prepucio, su pelambre renegrida, sus testículos.

Una parte de mi me decía que sacara la vista de la pija de Marcelo pero mis ojos no respondían.Y mi pija, una pijita lastimosa al lado de ese monumento a la chota, era recorrida por un escozor que anunciaba la erección inminente.

Obviamente Marcelo se dio cuenta de que no podía alejar mi vista de su miembro.

“¿Qué pasa? ¿Te gusta?”

Comenzó a caminar hacia mi.
“¿La querés ver más de cerca?

Se subió al banco de madera y siguió caminando. Se puso frente de mi con la chota a la altura de mi cara.

Se la agarró con la mano y la empezó a sacudir frente a mí. Se empezó a parar y yo no podía dejar de mirarla.
“Mirala gordo, mirá como se pone. Parece que te gusta, No?”

La pija estaba ya casi totalmente erecta y Marcelo empezó a correr el prepucio para dejar a la vista el glande que era extrañamente muy rosado y mucho más claro que el resto.

El pibe se estaba excitando notablemente, se estaba masturbando frente a mi cara, a solamente un par de centímetros y yo podía oler, sentir esa mezcla de aroma a jabón y a chota que desde ese momento logra excitarme instantáneamente.

Por un instante pude levantar la vista y mirar hacia su cara. Estaba con los ojos cerrados en pleno éxtasis masturbatorio.

Y de pronto supe lo que tenía que hacer.

Abrí la boca y la acerqué a su pija, solo un poco, hasta que mis labios rozaron su glande que se cubría y descubría mientras se pajeaba. Solo rozar su glande para que sintiera el contacto de mis labios.

Dejó de pajearse, puso su capullo entre mis labios húmedos un instante para luego comenzar a entrar en mi boca muy despacio.

De pronto los roles habían cambiado, yo abría la boca agresivamente para comerme todo ese pedazo de poronga y el ingresaba con una timidez y un cuidado que no le eran propios.

“¿Que te pasa? “¿Te gusta?” le pregunté antes de que la pija no me dejara hablar.

Asintió con la cabeza.
“¿Vas a querer que te la siga chupando?”
Otra vez asintió.
“Vos no te metas conmigo, dejame en paz y yo te la chupo todas las veces que quieras”

Abrí la boca y me la tragué entera.

A pesar de que hacía varios meses que le venía chupando la pija a Daniel casi todos los días, y algunos días más de una vez, la poronga de Marcelo era algo distinto.

Más allá del tamaño XL, era una pija de un adulto plenamente desarrollado, mientras que la de Daniel era la pija de un adolescente.

La pija de Marcelo exudaba olor a hombre, a macho excitado; tenía una pelambre negra, espesa, áspera que me hacía cosquillas en la nariz cuando me la tragaba hasta el fondo.

Me agarró la cabeza con las dos manos y me la mandó hasta la garganta, me costaba respirar pero logré superarlo y le agarré las nalgas con ambas manos para sentir la textura de su piel y apretarlo aún más contra mí.

Le recorrí con mis manos el culo, las piernas, los huevos, el pecho. Todo su cuerpo estaba cubierto con una mata de pelos, algo inusual para un chico de menos de quince años.

Cuando comenzó a gemir no me dio tiempo a sacarme la pija de la boca y me la llenó de semen. Nunca después de ese día sentiría esa cantidad de leche llenando mi boca; era, después lo supe, su primera eyaculación con otra persona, nunca había tenido sexo de ninguna forma con nadie y hasta ese momento solamente se había masturbado solo.

Todavía agarrándome la cabeza me sacó la pija.

Levante la vista y abrí la boca bien grande para que viera lo que había hecho. Su cara era de sorpresa, satisfacción y algo de miedo por lo que había pasado.

Yo, por mi parte, no sabía qué hacer con ese buche de semen que tenía en la boca. Así que le saqué la toalla que todavía tenía colgada en el hombro, escupí todo el guascazo, la hice un bollo y se lo dí.

Marcelo se bajó del banco y se fue caminando por el pasillo. Era una persona diferente de la que había entrado hacía no más de cinco minutos dispuesto a humillar a un pibe indefenso.

Antes de que saliera del pasillo le dije.
“Chelo! Acordate, si vos cumplis, yo cumplo”

“Si, si” dijo. Y se fue.

Y no solamente cumplió, sino que se transformó de pronto en otra persona. El matón de pronto se convirtió en un tipo amable, agradable y en un líder absolutamente positivo.

Durante ese verano lo mamé y lo masturbé infinidad de veces. En el club, en su casa, en la mía, en el cine. Porque durante un tiempo nos hicimos inseparables y andábamos todo el día juntos.

Un par de mamadas después de esa primera me empezó a pedir la cola, cosa que yo nunca quise entregarle porque suponía que después de eso las cosas podían volverse en mi contra.
Hice todo lo que me pidió menos eso, y cuando consiguió alguien con quien coger, una minita que después fue su novia y hasta hoy es su esposa, perdió el interés en mis mamadas.

Pasaron muchos años desde ese verano; solamente nos cruzamos un par de veces y nos hicimos los boludos.

Yo cada vez que paso por la inmobiliaria me detengo a ver si lo veo, pero nunca lo encontré. Hasta la otra noche.

Yo pasaba y él salía. Inconfundible: morocho, alto, atlético pero con una cabellera entrecana que lo hacían muy interesante.

Pasé a su lado despacio, creo que se asustó un poco.
“¿Chelo?” le dije.
Me miró sin reconocerme.
“¿Te acordás de mi?”
Negó con la cabeza
“Del club” y llevé el puño cerrado a la boca con movimientos de ida y vuelta. Le sonreí.
“Ah! Estás muy cambiado”

“¿Viste?, Ya no soy el gordito”

“No, no. Cambiaste mucho”
“No tanto, vos estás muy bien.”
“Gracias”
“¿Te llevo?” Le pregunté

“¿A dónde?”
“Donde quieras”
Sonrió.
“¿Y a hacer lo que quiera?”

“Todo lo que vos quieras”

“Ok” dijo. y se subió atrás, como un pasajero “Justo iba a ver un departamento vacío”

 

Mario Madrigal

En una época era gerente en una Multinacional, y por esas cosas de este país hoy soy tachero de tiempo completo. Casado. BI. Mi creatividad es mi pasión y principal motor en la construcción de cualquier cosa. Busco siempre descubrir lo oculto, lo intangible, el doble sentido o lo subliminal. Me encantan las historias callejeras…

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