Fantasía sexual con el obrero de la casa… MÁS QUE UNA FANTASÍA!

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Fred Barbas
Fred
Era la primera vez que vivía solo. A los 17 termine el liceo y me vine s estudiar el primer profesorado q hice, soy Profe de Historia también. Primero Viví en Parque Batlle con mi tía y primos hasta que por fin me mudé a un departamento al que se le tenían que hacer algunas mejoras, como resanar boquetes en las paredes o fijar la puerta del baño. En verdad, había una cantidad considerable de agujeros de esos que sirven para poner tacos (el anterior inquilino debió de tener debilidad por los colgantes, los espejos y los cuadros).

El maestro albañil que conocía por haber trabajado varias veces en casa de mis tíos me envió a un empleado suyo, una tarde, para explicarle los desperfectos y cotizar un presupuesto. El empleado era un muchacho de Rivera que hablaba medio entreverado, (portuñol mezcla de portugués y español) un poco más alto que yo, de cejas pobladas y largos brazos, que era la encarnación del albañil ideal.

Desde la adolescencia, deseaba en secreto una aventura con alguien así. Cuando volvía a la casa de mis abuelos después de una sesión sabatina de mis cursos de inglés, coincidía con muchos trabajadores de la construcción que salían a almorzar. Los admiraba subrepticiamente, evitando observarlos con una insistencia que me delataría. Admiraba su autosuficiencia, tan lejos de la serie de conductas pequeño-burguesas que me habían inculcado desde niño, como el hecho de ir siempre con la ropa bien arreglada con camisas abotonadas, sin una arruga y discretamente combinadas. Ellos parecían no preocuparse por esas tonterías, mientras hablaban y reían al aire libre comiendo algún asado mirando minas, cansados y satisfechos. Las dos y media de la tarde del sábado. El fin de la jornada.

–Pienso poner una bañera. ¿Será difícil encontrar una que quepa en este espacio?

Después de recorrer las habitaciones, le encargué dos o tres presupuestos. Se acercaba el momento de su partida. Lo invité un trago que aceptó luego de un momento de titubeo. Me enteré de su nombre –Bryan Yahír– y de algunas generalidades que se suelen comentar para llenar el tiempo que se emplea en beber una cerveza. Entonces le solté:

–Has de tener mucho levante con las chicas,… y con los chicos.

Lo hice sin pensar, arriesgándome a quién sabe qué reacción, pero el tipazo sonrió aunque sin abandonar del todo su timidez.

–No me va mal–. Se limitó a decir apurando el último trago.

Tras aquella tácita aceptación me aventuré con dos o tres comentarios más, aún tanteando el terreno, hasta que lo palmeé amigablemente y lo rodeé con mi brazo.

–Entonces qué vamos a hacer. Te animas? (Muy lanzado y con la testosterona de los 17/18 años y el venirme a Montevideo)

Y me miró de un modo tan distinto que, por un momento me cohibí: atrás quedó el sencillo trabajador que tan ceremoniosamente me llamaba “joven” y me pedía permiso para abrir una puerta o para mover algún mueble. Me agarro fuerte y se bajó la bragueta y me empujó hacia su bulto.

“Si no me besan en la boca no encaro” -le dije. (Porque sino no me caliento yo se q hay tipos sobretodo chongos q no besan pero yo no puedo hacer nada y no me excito si no chuponeo y hago una buena previa)

Él impuso los tiempos. Aquel beso avasallador, que acentuó el cambio de roles (ahora yo no me atrevía a sacarle la camisa, esperando una indicación suya) revelaba una experiencia que estaba lejos de imaginar cuando inicié ese juego. Lo fui palpando poco a poco, por encima de aquella camiseta de trabajo desteñida que, no obstante, permitía admirar su torso delgado y recio a la vez: músculos que lo mismo servirían para un arduo trabajo físico que para levantarme en vilo, tal como lo hizo, antes de depositarme en la cama. Músculos que comencé a descubrir y a adorar, ya desatada la lascivia, cuando por fin lo ayudé a desnudarse…

Las otras dos veces que nos vimos fue en circunstancias similares. Durante aquel breve periodo fantaseé varias noches. Entonces yo era el empleado que se afanaba por quedar bien con su patrón, con la esperanza de encontrar en él algo más que un pasatiempo sexual (¿qué pensaría él en realidad?). Y me daba cuenta de lo necesitado que estaba de una relación más profunda que la que permite un encuentro furtivo, en un apartamento semivacío, con un chongo de Rivera hermoso, pero prácticamente desconocido.

La cuarta vez no acudió. Inmediatamente supe que no lo volvería a ver. Ahora lo recuerdo como una experiencia que valió la pena porque –bien mirado- la vida es toda ella una sucesión de fugacidades: hay que tomarlas cuando vengan y saber disfrutarlas sin sentir demasiado su terminación, recordándolas no con dolor, sino con afecto.

Gracias por leerme
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Fred Barbas

Tengo 40 años y vivo hace 7 en MVD en mi segunda temporada. Soy de Rocha, bien al este de Uruguay. Pero soy profesor de Historia y de inglés este año cumplo 20 años en la docencia, he trabajado con el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA en dos proyectos. ESCRIBIME freddy2013uy@gmail.com

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