El ABC de los orgasmos

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Me hizo saltar la leche sin siquiera tocarme. Yo, que había decidido no entrar, me alegré de haberme arrepentido a tiempo.

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CINE ABC (3)

Era uno de esos jueves insoportablemente calurosos en Buenos Aires. Faltaban un par de días para despedir a enero, y la ciudad transpiraba como un torso desnudo recostado en un sauna.

Mi viejo deseo de satisfacerme con cuerpos extraños resurgía con cada visita a la city porteña y, a pesar de mis constantes reproches sobre mi propia conducta, me convencí de hacerlo. Agarré la SUBE, bajé atropelladamente los escalones del hostel y agarré el primer bondi que me llevara cerca del Obelisco. En todo el trayecto intenté disimular una erección: mi pija firme y dura se adivinaba con facilidad bajo los shorts que me había puesto estratégicamente para el lugar al que me dirigía. Políticas y dress-code de “fácil acceso” para lugares de socialización abyecta.

Caminé bajo el sol hasta Lavalle y Esmeralda. Apretaba el paso y lo aquietaba constantemente pensando, todo el tiempo, en la incómoda situación del ingreso al local. Cuando me encontraba a metros, disimulé una llamada por teléfono; esto me permitió cubrir parte de mi cara a los transeúntes de la vereda del frente, y así pude entrar rápidamente y sin ser reconocido (el encuentro con alguien “del pueblo” es un temor muy común entre los del interior).

el-abc-de-los-orgasmos2 Ya estaba adentro. Me acerqué a la ventanilla, donde un tipo me dio un papelito a cambio de cien pesos. Me apresuré un poco más, no veía la hora de encontrarme con todos ellos. Bajé las escaleras con apuro, una vez más, y me topé con otro tipo que me pidió el papelito. Una vez completada la transacción, bajé por otra escalera hasta el subsuelo donde se encontraba la acción del flamante cine ABC. Un pasillo que nacía en un bar y se trifurcaba en tres amplias salas me daba la bienvenida. Ya estaba adentro, ahora sólo había que caminar.

Me metí en la primera sala que encontré a mi mano izquierda. La historia es la misma de siempre, el habitué de este tipo de lugar la sabrá reconocer: estuve de pie más de cinco minutos y “a las tientas” hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y pudieron registrar formas y distancias con la única luz que se reflejaba de la proyección en la pared. La película, que se veía opaca y de pobre calidad, exhibía a una joven morocha, quien de rodillas recibía los jugos seminales de una monstruosa pija, sobre sus tetas aceitadas.

Concentrado en la situación que se mostraba en la pantalla, empecé a amasarme el bulto mientras continuaba parado, en la entrada de esa sala. De repente, el panorama empezó a ampliarse y adquirió dinamismo: ahora mis ojos me mostraban detalles de cabezas, espaldas y butacas que no habían podido percibir al principio. Pude ver con mayor claridad aquellos cuerpos aislados, aquellas parejas cuyo único punto de contacto visible era a través de los hombros, la lumbre que resplandecía por segundos y su efecto, la estela de humo de cigarrillo que quedaba flotando en la atmósfera y desaparecía al instante. ¡Qué bello paisaje!

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Observé un poco más y lo vi, a pocos metros: el morocho estaba sentado en uno de los bancos de cemento, justo al lado de la entrada, con los calzoncillos en los tobillos y las piernas abiertas. Tenía la remera subida por encima del pecho, lo que dejaba ver su hermoso abdomen lampiño coronado por sus pectorales y dos pezones oscuros que se veían erectos. Me quede mirándolo, pero no dio señales de interesarse por mi o de percibir mi presencia, si quiera. Lo pensé dos veces y decidí sentarme a su lado: el olor que despedía su miembro me hacía dar cuenta de que había estado frotándose por un buen rato. Ese aroma se complementaba a la perfección con la imagen de su verga, dura y curva hacia arriba, y escoltada por dos testículos grandes y lampiños también. Empecé a segregar saliva, y él pareció notar la fijación que yo demostraba, por lo que se reacomodó en el banco y cubrió con una mano sus ornamentos.

Me sentí terriblemente avergonzado y pensé en irme a otra sala, resignado a ser manoseado por algún sexagenario depravado con olor a puchos y colonia inglesa. Sin embargo, algo me detuvo, y permanecí a su lado fingiendo interés por la película que se proyectaba en la pared. En esta oportunidad, dos rubias jugueteaban alegremente con dildos transparentes sobre sus conchas mojadas.

De tanto en tanto, veía palpitar la poronga del morochazo sentado a mi lado, la cual producía cantidades admirables de líquido preseminal, que se escurrían gota a gota hasta sus huevos. La imagen de sus manos grandes y fuertes masajeando sus genitales exacerbaba mis ganas de comérmelo entero, impulso que reprimía constantemente por temor a su rechazo, pero que evidenciaba cada vez que “accidentalmente” rozaba mi rodilla contra la suya.

Lo veía respirar pesadamente elevando su tórax y metiendo su abdomen, sus brazos se contraían y relajaban mientras suspiraba y gemía, sus ojos estaban cerrados y su lenguaje corporal gritaba que el climax estaba próximo. No aguanté más, escupí mi mano y posé la palma húmeda sobre su tronco.

Se detuvo con brusquedad. Me quedé helado mirando fijamente a esos ojos negros que, en la penumbra, parecían dos cuencos oscuros y que me devolvían una mirada cargada de sorpresa y desprecio. No supe qué decir. Instintivamente, continué la hazaña, deslizando mi mano ensalivada alrededor de su miembro: mis dedos iban de arriba-abajo y viceversa. Mis movimientos eran torpes, mi garganta estaba seca y mi boca jadeaba mientras mis ojos estaban a la espera de su reacción. Sorprendentemente, no hizo nada.

Continué jalando su pija con firmeza, pero ahora con mayor suavidad: el hecho de que no me haya rechazado de entrada me dio confianza para continuar el juego con tranquilidad y regocijo. No podía quitar los ojos de su pija, ni del maravilloso espectáculo de su glande húmedo yendo y viniendo entre mis dedos. Eventualmente, miraba su cara que, a pesar de encontrarse perdida en la pantalla, manifestaba muecas de goce y satisfacción que repercutían en el resto de su cuerpo.

Sin dar más vueltas, acerqué mi cabeza lentamente a su pija. Quería olerla, saborearla, sentirla en mi boca. ¡Qué dura estaba!

Sin embargo, el morocho refutó la iniciativa implícita de chuparle la poronga y apartó mi cabeza con una mano. Frustrado y desanimado, continué con la paja frenética que le estaba haciendo. No obstante, pareció percibir mi desencanto, por lo que me “mimó” agarrando una de mis nalgas y acariciando mi ano con dos dedos. Pasé de ser una prótesis funcional a la masturbación peneana, a sentirme un cuerpo vivo y caliente en un juego morboso, dispuesto a elevar al máximo la temperatura de mi compañero. Con cada contracción anal, mi cuerpo emitía calor al suyo a través de los largos dedos que entraban y salían de mi agujero con absoluta facilidad.

Tan inmerso estaba en mi doble tarea que nunca advertí que el chabón estaba llegando al orgasmo. Coloreó con guasca mi cuello, mentón, su pecho y mi mano. Lo escuché mascullar un insulto dirigido a nadie en particular. Posteriormente, suspiró sin ganas y se limpió el pecho con un papel. Muy concentrado en lo que hacía y sosteniendo su indiferencia hacia mí, se subió el calzoncillo y el pantalón, se puso una gorra y desapareció del cine. Estupefacto, me levanté del banco, me acomodé la ropa y suspiré. Me quedé pensando en la situación, con la mirada fija en la pantalla, por unos quince minutos. Estaba profundamente desorientado e insatisfecho.

Caminé hasta la entrada de la sala; estaba dispuesto a irme del cine y olvidar todo lo sucedido. De repente, vi a dos chabones atravesar el pasillo central para meterse en la sala que estaba al lado. Inmediatamente, un tercero salió de donde yo estaba para meterse en la otra sala, detrás de ellos. La curiosidad pudo más que el reciente desaliento. Me apresuré a entrar en la sala para encontrarme con los nuevos extraños.

Continuará.

Relatos de los lectores

Un lugar para que todos esos relatos que sean fantasías o no, puedan materializarse y compartirse con todos los demás… Historias que se repiten, pero que tienen el condimento único del que las escribe y las vive, Historias increíbles, y otras que se suman a una terrible y única realidad. Tus historias.

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11 Replies to “El ABC de los orgasmos”

  1. Este cine fue de los primeros que fui y recuerdo perfectamente como ya en esa epoca (2005-2006) era un antro horrible. Todo roto, todo lecheado, todo sucio y la gente eran como zombies que caminaban entre las diferentes salas en un ambiente con humo, algo de silencio, oscuridad y cada tanto los gemidos de hombres o minas que salian de las salas por las peliculas q pasaban.

    Hoy en dia es similar, es un asco todo roto. La gente deja mucho q desear a mi gusto pero es azar… debe haber sido ese dia… y como que siento que ahi adentro me va a pasar algo. Siento que me expongo a algun riesgo… llamenle choreo, violacion…lo que sea… pero yo ahi no vuelvo.

  2. Que recuerdos! Terribles partuzas en todos los rincones. En los cuartos oscuros que se entraba por la escalera frente al kiosco. En el sucucho entrando a la derecha de la sala hetero mas grande.
    Recuerdo dos veces que entraron parejas. Una mina de unos veintipico con un flaco que nos acomodaba en turnos para que la mina chupe pija y trague leche en la primera fila de la sala del escenario. Me acuerdo que de la calentura acabé enseguida y la mina se relamía y gozaba como loca.
    Otra vez, una pareja ya madura, que la mujer me pidió fuego. Yo había dejado transitoriamente de fumar y le dije: disculpá, no tengo. Y su pareja le dijo, para que yo oyera: dejalo Betty, no entiende nada. Que pelotudo! Me estaban invitando a su partuza.
    En otra ocasión, en los sillones del primer subsuelo, esos ahora derruidos que muestra la foto de abajo, si me trencé con una pareja que no se como nos dejaron entrar a esa parte a los tres.
    Que morbo! Mientras el tipo se la hacía chupar, empecé a franelearle las tetas a la mina hasta que llegé a hacerle una paja a su concha. Acabó como una hdp. En agaradecimeinto me hizo una paja fenomenal y terminé en sus tetas.
    Tantos recuerdos. Lástima que lo hayan clausurado, aunque ya estaba en estado lamentable.

  3. La foto de abajo no refleja para nada (y es muy desagradable y para mi no pertenece a ese cine) los cubículos de la sala grande gay.
    Eran separados dos abajo a cada costado de la entrada y el nivel superior seguido con asientos todos, que se subía por escalera pero te daba la posibilidad de permanecer parado recostado en el paredón si querrías sobresaliendo tu culo un poco
    y espiar “que pasaba” en los vecinos.
    En los mas oscuros se juntaban hasta cuatro y desde arriba a veces se bajaba otro mas.
    Los paredones hasta donde yo conocí, NUNCA estuvieron tan destruidos y de mal aspecto
    De las butacas quedaron muy pocas en la sala gay grande. Mas por supuesto la del excenario, de las antiguas que daban esa especial sensación de elevar y bajar el asiento (cuidando que no estuviera rota) Hubo una época que agregaron una pasarela al costado para que se lucieran los stripers que se hacían chupar sus pijas. Lo que no llegarona a hacer nunca exceoto una mina fué sexo explícito. (algunas juntaditas entre ellos, pero no pasaba de ahí.)

  4. se ve que ni supiste de la época de oro de ese cine. Hasta stripers, según los días, femeninos y masculinos a veces mixtos, te hacían participar subiéndote al excenario o bajaban ell@s
    Antes del expectáculo se armaba por todos lados y era un cojedero total.
    Por lo general no soy de hacerme coger, pero ahí me daba mas.
    No creo que sea el mismo pero un finde me agarró uno por atrás artisticamente, que nunca por grosor, sobre todo, pensé que me iba a entrar, en un unos segundos la tenía dentro llenándome todo, pero sin hacerme sufrir. Eso si, ni me podía mover y no se si el pudo mucho. Cuando termino me preguntó ¿”te gustó mi pija”?
    Si bien hasta hoy fue una experiencia única, le dije que si, pero continué mi ronda, viendo que se quedó un poco “cortado” o con lástima, porque seguro penso que me quedaba con el,,,,

  5. EL ABC FUE EL PRIMER CINE QUE CONOCI EN CAPITAL EN LOS NOVENTA. QUE MANERA DE COJER EN ESA EPOCA. EN PLENO VERANO ME QUEDABA EN BOLAS EN LOS RESERVADOS DE LA SALA GAY. ME GARCHARON MUCHOS TURISTAS, OFICINISTAS, Y POLIS. LAS MARATONES QUE SE ARMABAN LOS VIERNES O SABADOS POR LAS NOCHES ERAN INCREIBLES. LLEVABA UNA CANTIDAD IMPORTANTE DE FORROS PERO A VECES ME QUEDABA CORTO Y LOS COMPRABA EN EL QUIOSCO DEL CINE. ME ACUERDO DE VARIOS GARCHES QUE EMPEZARON SIENDO DUOS Y TERMINABAN EN TRENCITOS. UNA DE LAS COJIDAS MAS RECORDADA FUE LA QUE ME HIZO UN VAGO CON UNA PIJA DE 23 X 7, ERA ENORME ESE PEDAZO. ME LA PUSO DE ATRAS EN UN RESERVADO DE LA SALA GAY. CUANDO ESTUVO BIEN ADENTRO LA VERGA Y MI ORTO YA SE HABIA DILATADO BIEN, ME EMPEZO A BOMBEAR DESPACIO PERO CON RITMO. DE ESA FORMA Y AGARRADOME DE LOS PECTORALES, TENIA MI PIJA QUE EXPLOTABA DE COMO ME MASAJEABA POR DENTRO LA PROSTATA SEMEJANTE PIJA, HASTA QUE LLEGUE A TAL PUNTO QUE EMPECE A ACABAR Y A GRITAR DE PLACER COMO UNA BESTIA SIN PAJEARME, MIENTRAS LOS OTROS VAGOS ME MIRARABAN ENTRE ADMIRADOS Y ENVIDIOSOS. FUE UNA COJIDA MONUMENTAL. EL FLACO TAMBIEN ACABO AL SENTIR COMO LE APRETABA LA PIJA CON LAS CONTRACCIONES DE MI ORTO CUANDO ACABE. NOS QUEDAMOS ABOTONADOS UN BUEN RATO HASTA QUE SE LE BAJO LA PIJA Y SALIO SOLA DE MI HOYO. DESPUES DE SEMEJANTE EXPERIENCIA, ME TIRE EN BOLAS EN EL ASIENTO PARA REPONER FUERZAS MIENTRAS MIRABA LA PANTALLA Y SEGUIR DISFRUTANDO DE MAS CARNE DE MACHO EN ESA NOCHE QUE ESTABA LLENA DE MACHOS NECESITADOS DE PONERLA.

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