Damian: de sexo, pasión y muerte.

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Tenía 33 años, era operario de mantenimiento.

Soy Ignacio, tengo 28 años, trabajo, estudio medicina y cuando puedo doy rienda suelta a todo lo que se pueda hacer en una tetera. Soy asiduo de la Shell de Técnopolis. Trabajo cerca.

De hecho trabajo en un crematorio de un parque privado, alguien tiene que hacer ese trabajo y me parece igual que cualquier otro.

La semana pasada me pasó algo peculiar, me encontraba preparándome para una cremación cuando un chavon de una de las cocherías que esperaba en el parque, junto a un grupo muy grande de gente (jóvenes en su mayoría)  me hace el comentario de que el flaco que traía en su servicio tenía 33 años y que lo que lo había matado era una descarga eléctrica en un shopping cercano.
Al parecer era operario de mantenimiento.

Veía la gran cantidad de gente consternada que acompañaba el evento, yo seguí en mi tarea. Cuando por fin estábamos ya en el crematorio con uno de mis compañeros de trabajo y la persona que maneja el horno, me dicen que destapemos el ataúd para luego introducirlo en el mismo.

La cremación generalmente se hace con ataúd descubierto para que tarde menos, una persona de más o menos 80 kilos tarda una hora, hora y media, en ser reducida a cenizas. Nosotros de alguna manera queríamos ver que nos había llegado en ese cofre, y de más está decir que también estábamos tocados por la tristeza porque una cosa es cremar gente de 80 años que ya vivió su vida y otra muy diferente, jóvenes de 30 y lo peor, niños.

El tema es que cuando mi compañero abrió el ataúd, mis ojos no daban crédito a lo que veían, por lo que nos habían contado el flaco mantenía una muy buena contextura y un pelo casi rubio, ahora arrebatado, estaba como en estado de tensión, su piel era áspera y oscura, pero su cara, sobre todo sus ojos estaban relajados y en paz. Fue a partir de este punto, de sus ojos, que empecé a reconocer a esos restos que estaban frente a mí.

El pibe había estado conmigo en el baño de la Shell de Tecnópolis, lo recordé inmediatamente y mi cuerpo tuvo un sacudón, que fue directo a la panza y la entrepierna. Como una patada.
Hace unas semanas, no más de tres, me encontraba cargando nafta en esa estación de servicio de la zona norte de Capital y estaba meando y mirando para todos lados a ver si venía alguien.

Había estado corriendo en el parque así que estaba con ropa cómoda, cuando de repente entra un chavon muy lindo de pelo rubio con una barbita de 3 ó 4 días y unos ojos verdes que me flashearon, se rió y se puso a mear mientras me miraba riéndose sacudiéndose una chota increíble y se pajeaba la pija que iba creciendo…. Me ubiqué en uno de los box y lo deje entrar cerramos la puerta y enseguida me mando mano en el culito, me saque mi ropa de futbolero y no dudo en chuparme bien la colita, me fue dilantado el orto con la lengua, hasta que pedía a gritos que me la metiera, le di un forro y lo deje que me cogiera hasta que acabó con su pija bombeando.
Muy bien me cogió incluso habiendo acabado, siguió bombeando lentamente, con la pija al palo, esperando a que yo eyaculara, mientras me pasaba la lengua por las orejas y el cuello, tocándome todo el cuerpo y repitiendo:
“Dame toda la leche, toda!” Dejé todos los azulejos llenos de la leche que me pedía…

Un simbronazo me devolvió a la realidad y ahora lo tenía adelante mio como reducido en tamaño, recubierto por la mortaja y la blonda (puntillas y faldones que adornan por dentro el ataúd). Se veían sus poderosas piernas y uno de sus fuertes brazos, a pesar de la descarga eléctrica se lo veía hermoso.

 

Le entregué las cenizas en mano a su viuda,
que estaba rodeada por sus 3 hijos,
el mayor de no más de 10 años.

Me acordaba de su pija, pero sobre todo de su sonrisa y su cara, hablamos muy poco, pero lo que vivimos (un instante)  fue muy intenso. Termine de volver a la realidad cuando uno de mis compañeros me preguntó: Estás llorando? (Se me estaban cayendo lagrimas sin querer), fue muy fuerte.

Como pude volví a mi rutina, cuando la cremación terminó las cenizas fueron a la urna y mi jefe me dice:
“entregalas a la familia que están esperando afuera”.

Con la urna en las manos, me presenté y le dí las condolencias a la mujer, que detrás suyo tenía tres chicos, el mayor de no más de 10 años, me encerré en un baño y lloré bastante (creo que por lo injusto de la vida). Una mujer hermosa que se sintió acompañada por la tristeza que vio en mi rostro, me sonrió cuando recibía la urna.

Estas lineas nacen como homenaje a este hombre del que me enteré en su entierro que se llamaba Damián. Compartimos unos instantes de nuestras vidas pero me voy a acordar siempre de vos. 


Ignacio

 

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