Con el uniformado de Prefectura en el micro

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Martin BrightsideEste finde me fui fuera de Capital a ver unos parientes. Siempre que viajo en micro me elijo los asientos de atras, intuyendo que al fondo se puede hacer de todo sin avivar al resto. Pero hice varios viajes sin que mi intuicion sea certera. Pero dicen por ahi “perservera y triunfaras”…

Me tome el micro en Retiro. Elegí el micro que tenia la parte atrás mas vacía, pero a pesar de que compre el pasaje apenas un par de horas antes de la partida, cuando subí ya había algunos asientos del fondo ocupados. Aunque en los 4 del final, iba yo solo.
Hice un par de recorridas “al baño”, solo para chusmear si habia alguien para llevarme “pa’l fondo”. Nadie potable. Los chóferes tampoco. Así que me dormí un rato.
Me desperté en una parada intermedia, donde se sube y se sienta en el asiento del fondo de la otra punta un tipo con uniforme de prefectura. Se me iluminaron los ojos. Creo que somos varios los que tenemos el fetiche de los uniformados. Me dedique a mirarlo, a veces con disimulo, otras no tanto. Pero cero bola.

Después de que sirvieron la vianda, me resigne a que el prefecto era totalmente inmune a mi, asi que me puse a boludear con el cel. Cuando el auxiliar retira las bandejas, noto que el prefecto le da plata. Me sonó rarísimo, y empece a armar teorías paranoides. Apagan las luces, y el prefecto va al baño (o abajo, no lo seguí). Cuando vuelve, como que se me queda parado de frente un toque. Acto seguido, corre su mochila (que ocupaba el asiento de su acompañante) y se sienta. No le di mucha bola, pero al ratito lo miro de vuelta y noto que me llama con la mirada. Estaba todo re oscuro, no se notaba nada. No podía ver con claridad que estaba haciendo. Pero sus gestos eran muy obvios. Me estaba llamando. Y no para charlar precisamente. No podía verle el bulto, pero era obvio que se lo estaba manoseando. Previa vigilancia de que nadie lo note, me cambio al lado suyo.

Ya tenia la chota al aire. “Arrodillate acá y chupala”, me susurra, indicando que me acomode como escondido entre sus piernas. Ya estaba al re palo. Me la trague de una hasta los huevos. Que buena que estaba! Encima toda la situación, tremendo morbo. Por fin se me daba de hacer algo en un micro! Y encima, petear a un uniformado! Estaba en la gloria. El pibe, no mas de 30, morocho, corpulento pero no grandote. Y una pija divina, sabrosa, muy dura y limpia, pero con ese aroma a macho inconfundible. Con tantas ganas se la mamaba que largaba saliva a full y hacia el típico sonido de chupada. Ahí me hizo gesto de silencio y me susurra, con claro acento del interior “no hagas ruido”. Yo ahí entre las piernas de ese machote uniformado con su chota en el fondo de mi garganta, dándome ordenes…

Estaba en las nubes!

En un momento me pide que pare un poco. Pensé que estaba por acabar. Pero veo como que estira la cabeza como mirando que pasaba adelante. Hace un gesto como de “ojo” y como de “seguí tu ruta”, pero no a mi, sino como a alguien adelante. Ahí me dice que siga, pero sin hacer ruido. Al rato me vuelve a frenar. Si bien notaba que la chota se le estaba hinchando, no fue por eso. “Para que se despertó el de al lado. Quedate ahí, no te levantes”. Aproveche y seguí chupando con la cabeza bien hundida, y miro para el costado un toque. El de al lado no solo se despertó, nos estaba mirando!! Eso me hizo acelerar la mamada, y el prefecto no tardo en rebasarme el buche. Tuve que tragar, no había mucha opción. El tipo seguia al palo. Pero nuestro espectador se reacomodó y se volvió a dormir. “Ya se durmió. Aprovecha ahora”, me dice el pibe. Sigilosamente volví a mi asiento, ya que en poco tiempo llegaría a destino. Y ya había obtenido lo que quería.

Martin Brightside

Patagónico. Pasional. Psicólogo frustrado. Armo teorías sobre todo e imagino varias soluciones y salidas a los dilemas cotidianos, como los viejos libros de “Elije tu propia aventura”. Amante de la música. No me quitan el sueño ni la machez absoluta ni la perfección estética.

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  1. Juan

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